La tristeza se agolpa dentro de uno con la consistencia de la peor de las enfermedades. Ya es imposible luchar con ella, ya no vale la pena resistirse, está presente en cada gota de vino que va desde el cartón a la boca, de la boca al estomago y del estomago a la boca. El hedor fétido, impregnado ya, resulta inamovible. La barba, manto levemente grisáceo, llega hasta el pecho y parece, al fin, no tener ganas de seguir creciendo. Cuarenta y cinco años y todo perdido. ¿Sería ésta la última caminata emprendida? Tambaleándose, con una bolsa llena de pan duro, se dirige torpemente al mar. No había que pensarlo mucho. El agua se mete despiadadamente en los pulmones.
Una luz y un silencio. Una graciosa figura angelical se dibuja en el horizonte, haciéndose cada vez más nítida. Se acerca a detallarle al finado cuanta consideración tiene el Señor con respecto a las almas en pena como la suya. El vagabundo, emocionado, incrédulo si se quiere, salta a estrechar al ángel entre sus brazos, pero se encuentra con la negativa de la deidad, seguramente en pos de mantener la mesura. El santo, rigurosamente, lo envía a la sección G, en busca del permiso celestial para indigentes. Es así como el recién llegado se dirige al lugar indicado. Un ángel robusto, lleno de arrugas, lo espera detrás de un escritorio de aspecto esponjoso. Revisa el expediente del solicitante. Arqueando las cejas, indica cierto pecado cometido la noche del veintitrés de abril de mil novecientos noventa y cuatro. Ingesta de carne porcina en Semana Santa, señala. El humano, desesperado, asegura haberse confesado con el padre Mario Cruz luego de aquel traspié, pero el santo se niega a creer esa versión, necesita pruebas, y a Mario Cruz le quedan bastantes años de vida terrestre como para adelantarle semejante acontecimiento por una causa tan poco importante. Inquieto, el pecador pide misericordia ante el regordete santo. “No soy ángel de perdones” sentencia. “Diríjase a la sección N-75”.
Un poco fastidioso, el flamante muerto emprende su viaje. No encuentra ninguna sección N-75. Estaba la N-74, sí, y además la N-76, pero no así el sector buscado. Debe ser un error, piensa el ex indigente, y retorna a la sección G. Se encuentra, en lugar del ángel a cargo, un cartel de “Ya vuelvo”. Al borde del colapso nervioso, girando en círculos nerviosamente, descubre que la tan solicitada sección N-75 estaba justo en frente de la G. Aliviado camina hasta allí, donde lo espera un barbudo y canoso ángel tocando melodiosamente una lira. El santo saluda animado y, al enterarse del asunto, acaricia suavemente la cabeza del suplicante. “Hijo mío, los reclamos referentes a la Semana Santa se realizan en la sección B, cerca de la entrada”. El hombre, hastiado, retoma el camino. Se encuentra con un querubín ciertamente afeminado, que le señala en tono colérico que sí, los reclamos de Semana Santa se efectúan allí, pero no hay especialización alguna en perdones. Lo envía a la sección N-75 nuevamente. El muerto vuelve, sólo para ser enviado de nuevo a la sección B. Allí se le es entregado de mala gana un formulario amarillo. Lleva el Formulario Amarillo a la sección N-75. Rechazado, es necesario el Formulario Naranja. En la sección B no tienen Formularios Naranjas, fíjese mejor en la K-7. No, en la K-7 tampoco. En la C-7 seguro que sí. Efectivamente, vuelve triunfal a la sección N-75 con su preciado Formulario Naranja. Firmado, absuelto de sus pecados, bienvenido al Cielo, caballero. La suerte había cambiado tan radicalmente que el ángel de la sección G ya había vuelto. A punto de sellar su ingreso al Cielo, el arrugado funcionario de Dios nota que, en una calurosa tarde de mil novecientos noventa y nueve, el solicitante, presa de la avaricia, recogió dos pesos del piso de un negocio y los guardó en su bolsillo, sin antes preguntar a quien pertenecían. Craso error, pecados de avaricia en la sección…
El ángel es interrumpido por una lira que se estrella contra su cabeza. Rabioso, el hombre golpea a los santos con vehemencia. La lucha se torna encarnizada, con clara ventaja para el finado. Es entonces cuando se oye el accionar de una palanca, seguido por el crujir de un mecanismo. Una compuerta justo debajo del indignado luchador se abre, echándolo abajo, abajo.
A lo lejos, en la orilla, un relieve de piel tostada sobresalía inmóvil. El turista, ya cansado de todo lo que podía ofrecer la playa, se acercó con curiosidad. No pudo contener un grito al ver tan espantoso espectáculo. Un hombre, muy descuidado, yacía muerto, con el rostro endurecido y visibles lágrimas que brotaban de sus ojos, diferenciándose del agua del mar. El turista, que en sus ratos libres leía filosofía, miró de cerca el cadáver. Pensó que daba toda la impresión de que aquel inerte cuerpo no descansaba en paz, sino en el mismísimo averno, lamentándose aún después de muerto de haber perdido la oportunidad de salvarse… Sus solemnes pensamientos fueron interrumpidos por una violenta tos, y el abrupto abrir de unos ojos sanguíneos y oscuros. El turista corrió desesperado, con los pantalones visiblemente manchados de orina y el inminente tropiezo que hundiría su cabeza en la arena. El agua estaba saliendo poco a poco a fuerza de tos del organismo del empapado vagabundo, mientras éste se incorporaba dificultosamente. Ya mejor, se sentó en la arena, dejando que el sol eliminase la hipotermia. Se descolgó el crucifijo que solía llevar y lo arrojó lejos, lo más lejos que pudo. El futuro se le mostraba tan brillante como el sol que se reflejaba delicadamente en el mar.
miércoles, 11 de abril de 2012
When the music is your special friend
Cuando la música es tu amiga especial, las líneas entre la realidad y la ficción se vuelven difusas y la vida, siendo la misma, se percibe de una manera distinta. No es que pase siempre, pero la sincronía avisa que puede meter mano cuando le plazca. La literatura abre sus herméticas puertas, la música abraza, por momentos ahoga como una figura oscura, pegajosa y densa. Sin embargo, porque en el fondo es buena y nunca quiso matar a nadie, habrá momentos críticos en los que esa negra densidad mutará en una claridad insondable, cálida, y por una centésima de segundo el universo permanecerá abierto y sin tapujos, las sonrisas aflorarán de cada rincón, cada átomo, cada neutrino. Y uno entonces será embargado por un pensamiento ajeno, que indicará que uno bien puede deprimirse e incluso creer tener razones perfectamente válidas para eso, pero la belleza de las cosas, lo infinito, la literatura, la luna, la música y la sincronía han de ganar. Siempre.
martes, 10 de abril de 2012
Vomita
Ya me he cansado de expresar sentimientos por escrito. Se lo dejo a tipos inconmensurablemente mejores y más deliciosos que yo, tipos que admiro y que cuando los leo el mundo ya no es el mismo de antes. El carácter quimérico de mi anterior empresa me ha inducido a un golpe de timón. La realidad es que no quisiera abandonar este estilo serio que tantas satisfacciones como lector me ha traído (o no), pero temo que no siento la suficiente fuerza como para desarrollar semejante estilo narrativo. La realidad es que o bien debería uno ser un genio indiscutible y expresarse, en el mejor de los casos, con hexámetro dactícilo y todo (cual Homero, cual Virgilio), o bien convendría desentenderse de la importancia del nivel literario desplegado. Como la genialidad es escasa y el desentendimiento me es esquivo, lo que queda es enfrentar a la hoja luciendo galera y bastón, entregándose a la agudeza y al ingenio como sucedáneos de la chispa.
Desde esta posición no podríamos afirmar así como así que estamos tristes, muy tristes, precisamente porque la literatura incita a girar las tuercas y a girar, por consiguiente, nosotros mismos. Estas vueltas constituyen justamente la instancia previa e indispensable para el vómito poético, y éste (nadie más) determinará cuán triste realmente nos encontremos. Wilde escribía con gusto a champagne. Bocaccio hizo, del vino en caja, ambrosía. Poe pisó sus propias uvas. Y precisamente por tales razones son escritores como ellos los que enarbolan la bandera de la literatura, los que nos preparan con su infalible cóctel para la arcada definitiva. Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
Desde esta posición no podríamos afirmar así como así que estamos tristes, muy tristes, precisamente porque la literatura incita a girar las tuercas y a girar, por consiguiente, nosotros mismos. Estas vueltas constituyen justamente la instancia previa e indispensable para el vómito poético, y éste (nadie más) determinará cuán triste realmente nos encontremos. Wilde escribía con gusto a champagne. Bocaccio hizo, del vino en caja, ambrosía. Poe pisó sus propias uvas. Y precisamente por tales razones son escritores como ellos los que enarbolan la bandera de la literatura, los que nos preparan con su infalible cóctel para la arcada definitiva. Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
           I don't know how
      you were diverted
              you were perverted
too
           I don't know how
                     you were inverted
     no one alerted
               you
      you were diverted
              you were perverted
too
           I don't know how
                     you were inverted
     no one alerted
               you
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