Ya me he cansado de expresar sentimientos por escrito. Se lo dejo a tipos inconmensurablemente mejores y más deliciosos que yo, tipos que admiro y que cuando los leo el mundo ya no es el mismo de antes. El carácter quimérico de mi anterior empresa me ha inducido a un golpe de timón. La realidad es que no quisiera abandonar este estilo serio que tantas satisfacciones como lector me ha traído (o no), pero temo que no siento la suficiente fuerza como para desarrollar semejante estilo narrativo. La realidad es que o bien debería uno ser un genio indiscutible y expresarse, en el mejor de los casos, con hexámetro dactícilo y todo (cual Homero, cual Virgilio), o bien convendría desentenderse de la importancia del nivel literario desplegado. Como la genialidad es escasa y el desentendimiento me es esquivo, lo que queda es enfrentar a la hoja luciendo galera y bastón, entregándose a la agudeza y al ingenio como sucedáneos de la chispa.
Desde esta posición no podríamos afirmar así como así que estamos tristes, muy tristes, precisamente porque la literatura incita a girar las tuercas y a girar, por consiguiente, nosotros mismos. Estas vueltas constituyen justamente la instancia previa e indispensable para el vómito poético, y éste (nadie más) determinará cuán triste realmente nos encontremos. Wilde escribía con gusto a champagne. Bocaccio hizo, del vino en caja, ambrosía. Poe pisó sus propias uvas. Y precisamente por tales razones son escritores como ellos los que enarbolan la bandera de la literatura, los que nos preparan con su infalible cóctel para la arcada definitiva. Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
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